Hacer más consciente a la vida gracias a tener presente a la muerte
Cuántos yo han muerto ya, cuántos se difuminaron por el camino de la vida, ese espacio-tiempo tan dependiente uno del otro, tan inconcebible uno sin el otro, como el día sin la noche, como ese dolor sin el cuál no reconocerías con plenitud lo que es la alegría. Ya he perdido la cuenta de cuántos y dicen, que si todo va bien, voy tan solo por la mitad del camino. De modo que abro cajones en mi archivador de vida y observo a un montón de Miriam diferentes, una pequeña, divertida, despreocupada, rebelde, una adolescente, introvertida, independiente, solitaria, amante del ensimismamiento, una joven que despegó enérgicamente sus plantas de los pies del suelo para volar todo lo que sus saltos le permitían, una aprendiz de adulto que se rindió, que se escondió cual pollito en su nido y no quiso volver a vestirse de si misma, que prefirió ser marioneta que manejaran los demás, para así, quizás dejar de equivocarse. Y observo la de hoy, libre ya de cuerdas que manejaran terceras personas...