Seguimos en construcción
Es como si me hubiera escapado de un sueño, de una fábula y yo hubiera sido un ser inacabado hasta hace dos días.
Es como si hubiera vivido en penumbra cuarenta años de mi vida y al atreverme a saltar el precipicio, con la suerte de llegar al otro lado sin despeñarme, hubiera encendido la luz de la habitación donde andó en semiconsciencia mi masa gris.
Me he mantenido literalmente niña hasta exactamente mis cuarenta y un año y veintitrés días, momento en que me propulsé hacia delante y con los ojos bien abiertos empecé a sentir mis propios pies, mis propias manos, brazos y piernas como si acabara de despertarme de un coma de toda una vida.
En ese despertar tardío he comenzado a ver por primera vez a mi madre tal como es, a mi hermano, a mi padre y a mí misma desmontando las mentiras que de todos nosotros me conté. Descaricaturizando a cada uno de nosotros a los que sin vislumbrar el momento exacto comencé a dotar de rasgos que no existían.
Empezando por mí lancé al vacío mis harapos de inseguridad, pegados a mí como una segunda piel durante todo el camino desde la salida del útero de mi madre por ese canal de parto angosto y complicado para llegar a la luz.
Tras mi primera bocanada de aire, tuve que sufrir que un ginecólogo me metiera un tubo hasta el mismo estómago, para quitarme mi primera cagada que me había tragado sin permiso de ninguno de aquellos adultos presentes en la sala. Me salvaron por los pelos, o por la campana, o porque no era mi día y todavía tenía que darle mucha guerra a mi madre.
El despojarme de todos esos harapos me hizo por primera vez en toda mi vida, verme en pelotas, sin ningún tipo de complejo, ni peros, ni ¡mierda! me van a ver y con la fuerza que da el saberse cada contorno de tu piel, cada arista, cada grieta, cada recodo.
Pero al quedarme en pelotas me quité también los vestidos que cada uno de los miembros de mi familia me habían puesto. Así mi madre sorprendidísima vio un buen día y otro más y otro más que la muda planchadita y perfecta que me dejaba cada día al pie de la cama seguía ahí, hasta el ocaso del día, sin que yo me la hubiera puesto y empezó a sentir miedo porque no me reconocía, algo en mi había cambiado y le generaba hostilidad y reproches, muchos reproches, pues en su ropa bien almidonada y planchada había algo de la hija que había querido construir y ésta, la que parió, desnuda y con meconio todavía pegado a su cuerpo no le molaba tanto.
Así que en mi propia desnudez pude por primera vez ver la de la gente que me quiero y me rodea y qué queréis que os diga, de algún modo con mis disfraces, yo a su vez, también los disfracé y me hice una visión de ellos que tampoco se correspondía con la realidad.
Aunque, ¿qué de lo que vemos es real y qué no lo es? seguimos pues, en construcción.
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