Tengo una ciénaga sin nenúfares
Tengo una ciénaga sin nenúfares y plagada de sanguijuelas alojada en mi estómago, en el centro de mi ser, ahí donde se digiere todo y se queda dibujando mal cuerpo todo aquello que no hay manera de aprovechar.
Paso ya dos años de cuatro décadas y la que me trajo al mundo todavía no sabe cómo tratarme, ni la que salió de ella cómo asumir sus sentencias sin previo juicio.
Y ya no se cómo hacer para conseguir morderme la lengua cuando me pisa los dedos del pie con fuerza y determinación y mis entrañas se revuelven y pugnan por gritar su dolor en forma de alarido audible y contundente.
No se cómo hacer para no saltar cual muelle al que le quitan su contención.
En la escuela antigua de ser madres alguien le contó a mi madre que éstas pueden andar diciendo a sus hijos, siempre que lo consideren oportuno, todo lo que opinan de éste u otro aspecto de la vida de éstos, sin que necesariamente sea para ayudar o aconsejar desde la experiencia que dan los años de ventaja que nos llevan, simplemente opinar por opinar, sin venir a cuento, sin que se lo hayamos pedido y encima, ofender.
La que ofende se convierte en ofendida cuando los muelles se disparan, las lenguas no quedan inmovilizadas bajo un cepo de incisivos y las palabras acuden prestas con nervio, garra y aullido, convirtiéndose la fiesta en una verdadera jauría preparada para cazar, solo que la caza es de canes solitarias unidas por lazos de sangre, temperamento y mala hostia.
No entiendo cómo no consigue comprender que el rol de hija, pese a llevarse de apellido toda la vida, tiene ya nombre de adulta y que no todo vale por el mero hecho de haberte parido y pretender continuar queriéndote moldear de por vida, a imagen y semejanza.
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