Su silencio

Dejo su melena larga y rubia ondeando sobre su espalda, como lo haría una bandera blanca, sin patria, frente al mar. 


Me alejo como se aleja el agua de su nacimiento, sin ninguna posibilidad de retornar jamás a su punto de origen.


Me he borrado su número de móvil y su chat, sin que haya dejado miguitas de pan visibles y con sentido, para, en caso de fuerte necesidad, poder retornar y volver a encontrarla.


Nunca sentí que pudiera existir entre nosotras nada, más allá de una bonita y sincera amistad, sin embargo su comportamiento mudo, silencioso y esquivo, me suscitó mil preguntas sin respuestas a las que apellidar de convincentes.


Pasado más de año y medio, un día de esos en los que de pronto su sonrisa se hace memoria en tu cabeza, decidí escribirle, con la vana esperanza de que, tal vez, aquel sepulcral silencio hubiera finalizado su particular penitencia.


Y así fue, me contestó con alegre sinceridad de volver a saber de mí, desvelándome el porqué decidió convertirse en espectro y recuerdo para mi.


La verdad detrás de su falta de cobertura de su boca a la mía, como cantaba Vanesa Martin, fue de tal impacto para mi que, medio año después aún ando escuchándome que cómo pudo ser, pero cómo pudo sentir, pero si yo estaba en las antípodas de su mundo, si yo creía que, si pensé que las dos andábamos sobre la misma cuerda. 


Pero no, ella andaba sobre una cuerda que tenía una fuerte bifurcación capaz de hacerla pensar, dudar, sentir, penar. 

Y por ese pensar, dudar, sentir, penar, decidió cortar la cuerda justo delante de sus pies, sin que yo, al otro extremo de la soga hubiera entendido su falta de continuidad.


Y tras aquella revelación y toda mi voluntad de empatía y comprensión hacia ella y hacia aquel gesto de cortar la cuerda, pensé, creí, que la cuerda, pese a haberla tenido que cortar, con aquella nueva conversación restauraba la amistad que creía existía entre nosotras. 


Pero no, de nuevo escribo y me responde el vacío.


Por eso ayer decidí cortar la cuerda yo. Marchar lejos, a ese otro mundo del que es imposible regresar. 


Aquel mundo en el que no existían los teléfonos móviles y si no te volvías a cruzar por obra de ese caprichoso azar, que a menudo se viste de esquivo, podía pasar una vida y no volverte a encontrar.


Quiero respetar su silencio haciéndome también yo sepulcro, losa, piedra. 

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