Tengo un agujero en el centro del pecho

Tengo un agujero en el centro del pecho, redondo y hueco como el que queda en un dibujo animado tras la bala disparada por otro dibujo imaginario.
Tengo un agujero en el centro del pecho, con desgarros y sangre coagulada en una carne rosada e incréndula que no entiende cómo ha podido herirse así.
Me gritaba llorando, con una amargura y un dolor profundo e inexorable, que su infancia había sido una mierda, que 22 días de un mes de abril cuando habitaba los 11 años, lloró en cada uno de los 22 y lo apuntó en una pizarra escondida, con una rayita de rotulador, verticales y seguidas, cual cómputo macabro de los días que alguien podría llevar dentro de su celda.
Intenté ser buena madre, darle una infancia lo más feliz posible, pero él apuntó esas 22 rayitas rojas y aunque hayan existido 22.222 rayitas más de felicidad en verdes, lilas y amarillos, solo recuerda y tiene bien enmarcadas esas 22 rayitas rojas, símbolo de mi fracaso como madre, de mi imposibilidad de hacer de dos personitas en construcción, algo medianamente feliz.
Horas después se acercó a pedirme perdón, a abrazarme y decirme que no era verdad que yo fuera una mala madre.
Pero el agujero ya estaba en el puto centro de mi pecho.
Y si miro a través de él solo encuentro angustia, preguntas y miedo. Miedo a haberla cagado sin haber querido cagarla. A cuestionarme si ese niño hubiera sido más feliz al lado de una madre triste, ausente, apagada, sin ganas, sin fuerzas, sin nada, pero habiendo podido mantenerlo veinticuatrosiete al lado de su padre. Fuera de discusiones con un segundo hombre que, pese a que le ha dado mil alegrías, también le ha aportado mil lágrimas.
Tal vez las madres en el minuto uno en que paren dejan de ser personas con derechos y sus derechos debieran subyugarse eternamente a los del niño, hasta que se haga adulto, con el único propósito de beneficiarlo a él aunque su beneficio sea tu muerte.
No supe hacerlo, no supe sacrificarme por ellos.
Preferí soltar amarras y llevarlos a navegar entre dos barcos, que desde inicio, fueron en realidad único navío, pues desde el primer día tuvimos el cariño, el afecto, el amor para ofrecerles nuestra presencia conjunta en cenas sorpresa en casa de su papi, en celebraciones de todos y cada uno de los cumples de su papi con globos enormes, tartas, regalos y abrazos celebrados para papi en casa de mami. Viajes con acampadas en los que dormían con su papi y jugábamos al Trivial Junior su mami, su papi, la pareja de su mami y ellos dos, dentro de un remolque tienda.
Escapadas a Madrid en caravana con los yayos y de nuevo su papi, su mami, la pareja de su mami y ellos dos.
Nada ha servido de una mierda, más que las 22 rayitas rojas de un mes de abril de cuando habitaba los 11 años.
Y a mi no hay ni Dios, ni Espinosa, que me borre este puto agujero del centro del pecho, ni puntos de sutura, ni acuarela emborronando un dibujo de mentiras.
La duda del sacrificio no realizado espolea con fuerza mis costados.
Tal vez si, tal vez las listas, sin duda, fueron ellas, todas las ellas que decidieron quedarse en casa.
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