Un cachalote varado

Ayer entendí que un grandísimo porcentaje de la población vivió su juventud con la suerte de disfrutar de esa etapa de la vida donde la energía nos acompaña, la belleza nos adorna y las ganas de descubrir nos empujan.

Descubrí que vengo a ser un bicho raro, un socavón en el camino, un cachalote varado en una playa del mediterráneo, una piedra de río que se quedó fuera del cauce.

Pasé mi juventud sin percibir la luz directa del sol, sin amaneceres, sin atardeceres, sin brisa, sin lunas, sin tener la capacidad de apreciar todo lo que nos hace disfrutar de la vida.

Pasé mi juventud con el corazón en un puño y una tristeza perenne en mi armario ropero, que no se aligeraba con los cambios de estaciones.

No fue hasta mis 41 años que comencé a percibir algo de luz, algo de brisa acariciándome la cara. 

No fue hasta mis 41 años que experimenté que era sentirse, de verdad, feliz.

Así que cuando ese grandísimo porcentaje de la población me cuenta que ellos, ellas, echarían hacia atrás el reloj y volverían sin dudarlo a sus 20, a sus 30 años, yo les sorprendo diciéndoles que no volvería para atrás ni para coger impulso, que mi época plena y feliz está siendo la década de los 40 y que aunque no disponga de la energía, de la belleza, de la página en blanco sobre la que escribir, dispongo de muchas más certezas, conocimiento de lo que quiero y no quiero y esa valiosa experiencia que me enseñó que no hay dolor ni alegrías eternas y que todas esas vivencias nos van a aportar algo valioso por lo que haya valido la pena o el gozo.

Ayer descubrí que vengo a ser un bicho raro, un socavón en el camino, un cachalote varado en una playa del mediterráneo, una piedra de río que se quedó fuera del cauce.

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