Mi mami y mi miedo


Siento haberme enfadado contigo mamá y que mi enfado venga precisamente por tu deterioro cognitivo, psicológico y físico.


Es como si la rabia, la impotencia y quintales de miedo con mayúsculas inundaran mi cerebro y mis entrañas y en vez de ayudarte, te regañara por sentirte mal, por sentirte triste, por sentir que ya no eres la que eras y que eso te produzca sufrimiento y apatía.

De pronto me enfurece pensar que no aceptes el deterioro propio de tu edad, que no quieras comprender que tienes casi 77 años y que tal cantidad de décadas entre pecho y espalda, no pueden pasar desapercibidos, no pueden no dejar rastro, ni consecuencias.

Siento rabia cuando observo que mi madre es un espíritu joven dentro de un cuerpo viejo.

En vez de sentir alegría de pensar que mi madre se siente joven, que tiene todavía ilusiones como las tuvo hace mucho, siento rabia, porque sufro cuando ella sufre al tomar conciencia de que su cuerpo ya no le acompaña.

Me genera infinita impotencia saber que no puedo hacer absolutamente nada para cambiar su situación, que no puede echar marcha atrás en el reloj, que no puedo regalarle mi cuerpo, que no existe droga, ni en el mercado legal, ni en el ilegal, que le pueda devolver ni la fuerza que tuvo antaño, ni la capacidad cognitiva de sus cuarenta y tantos.

Y de pronto le he dicho que le iba a pedir hora para un Tac cerebral, que podía tener principio de Alzheimer porque había leído que la depresión súbita es uno de los síntomas y que eso, junto a su falta de memoria (propia de casi 80 años), pues que blanco y en botella.

La pobre ha empezado a decir, asustada, que no quería hacerse nada en la cabeza, que no se veía ella tan mal para sospechar de enfermedad tan grave.

Así que poco a poco me he ido desprendiendo de los jerseys que oprimían mi sentido común y me he ido relajando y por ende a ella, despidiéndome con un abrazo, dos besos y diciéndole que no se preocupe, que si no quiere ir al Tac le cogeré la cabeza prestada y una vez tengamos el tac hecho se la volveré a unir al tronco con cuatro clavicos tipo Frankestein. 

Se ha descojonado de la risa, el mejor antídoto contra el miedo.

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