Ser honesta conmigo misma

Ando tratando de aceptar y amar mis nuevos contornos. 

Nuevos y distintos a los que durante más de treinta años me han acompañado.

Miro mi reflejo de reojo en el cristal de la ventana de mi comedor, mientras ando imitando, torpemente, a una joven profesora de gimnasia en su canal de youtube con su especial "Menopausia".

El abdomen que veo me recuerda a mis cinco meses de gestación de mis dos niños, solo que hoy día, en ese preciso instante, ya no hay feto que ande pidiendo espacio, solo grasa que el cuerpo a virado de otras zonas más periféricas hacia el mismo centro de mi cuerpo.

Y me acaricio el recién abultado vientre con ternura, porque he aprendido a quererme y a darme la bienvenida en todas mis edades. También en esta, al filo del último año de la década de los cuarenta.

Hablo con un querido amigo norteño en el centro de la península y me recuerda que alguna vez habité imágenes de mi misma que me gustaba compartir. 

Busco cuál podría seguir transmitiéndole la misma sensualidad y tiendo a huir de mi misma, como si esa bienvenida que me hago no fuera del todo honesta, sincera y real. 

Y me hace sentirme mal conmigo misma. 

No quiero maltratarme, quiero mimarme, valorarme, amarme y decirme alto y claro lo orgullosa que me siento de mi, de mis carnes, de mis canas, de mi piel imperfecta, de ese yo externo que cobija, arropa y protege a ese yo interno, gracias a cuyos cuidados, puede seguir creciendo e intentando ser mejor persona.

Así que en mi honestidad conmigo misma he resuelto que si alguna vez le vuelvo a regalar una imagen de mi, será tan actual como lo son estos pensamientos que aquí escribo. 

Con carne, con canas, con piel de 49 y con la conciencia feliz de no renegar de ser quien y como soy.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Agradecida

Y se abrió mi presa

Compartir sonrisas y vivirlo como un suplicio