Sospecho que

Sospecho que pueda estar desarrollando Alzheimer, lo cual me pone en la anticipación de que la voy a perder. 


Se que la pérdida tenía que llegar tarde o temprano, pero una siempre tiende a querer que sea tarde, nunca temprano.


También se que la muerte nos toca el hombro de infinitas maneras y ninguna es buena o deseada, aunque todos soñamos con irnos en las playas de morfeo, sin sufrimiento propio ni ajeno. 


Pero esa suerte no está de venta en el mercado y lo único que podemos y debemos hacer es cargarnos de la máxima conciencia posible de lo que es la vida, el azar y la suerte de poderla vivir como mi madre la ha vivido.


Este final de verano pasado lloré amargamente, desde lo más hondo de mi alma, cuando sospeché por primera vez que mi madre podía estar desarrollando un Alzheimer.


Bajó a jugar a bingo con las abuelas de la calle en medio y cantó línea después de que ya la hubiera cantado otra mujer. Y le pasó dos veces en la misma tarde. 


También observé que se ponía a llorar con mucha facilidad, como si le acosaran depresiones súbitas, repentinas. 


El maldito internet me dijo que esos podían ser síntomas de Alzheimer y mi corazón se agrietó con tantos centímetros de grosor como si de un sismo de 8 en la escala Richter hubiera asolado todo mi cuerpo.


Pasaron las semanas y mi madre volvió a cierta normalidad, la depresión súbita se borró de sus mañanas y yo elegí convencerme de que todo había sido fruto de mi miedo y que aquí paz y allá gloria.


A seguir viviendo se había dicho.


Fue así como pasó el invierno sin novedad, más allá de algún recuerdo a su mala memoria y poco más.


Recientemente mis padres, cargando ya con un cuerpo envejecido al que le cuesta subir tantas escaleras, decidieron, pese al dolor que genera observar que ya estás subiendo a la azotea del edificio de la vida, mudarse a la casa vieja ubicada en el centro del pueblo, mucho más accesible, pequeña y recogida para poder hacer, los años que les queden de vida, más posible la vida social, saliendo y entrando de casa con más asiduidad que en un cuarto piso sin ascensor en el barrio alto del pueblo.


En esa mudanza a mi madre la he observado más desmemoriada, más colapsada que nunca en su disposición a enfrentar lo que significa mover una casa de sitio. 


Y de nuevo el fantasma de la patología Alzheimer ha vuelto a asomar por mis meninges. 


Y me pregunto qué debo de hacer. Si el ponerla en la pista de que sus olvidos no son solo fruto de la edad y levantar el velo para descubrir una cara que no le mola a nadie, o si, entendiendo que no existe una cura efectiva para esa enfermedad, es mejor que desconozca lo que se puede estar gestando hasta que ya sea muy evidente. 


Le consulto a la IA y me cuenta que siempre es mejor que conozcan, porque vivir en la incertidumbre y la ansiedad generada por no saber qué te está pasando es mucho peor que conocer y tener que asumir un diagnóstico que por otra parte te permite anticiparte a comunicar qué es lo que deseas para cuando ya no tengas capacidad cognitiva para decidir por ti misma. 


Me calma el entender que un diagnóstico de Alzheimer no significa el fin de la vida en este preciso momento, que todavía tenemos unos años de cierta normalidad por delante y así hemos de disfrutarlos. 


Viene a ser como conocer el futuro mucho antes que la inmensa mayoría de personas, por lo que pongo en valor ese conocimiento que nos impela con urgencia a disfrutar de forma plenamente consciente del presente que todavía nos ofrece su presencia total.


Así que comprendo que la primera ficha que voy a mover es pedirle cita médica para que le hagan las pruebas pertinentes que nos desvelen, para bien o para mal, que existe o no la tan temida enfermedad degenerativa.


Salga lo que salga, mi meditación va encaminada a contarme que mi papel es ser el tronco fuerte que la sostenga, la que le de sombra cuando haga sol, cobijo cuando llueva y amparo cuando en medio de un desierto busque algo de vegetación.


Mi cometido será acompañarle en su borrado, como si un cáncer malo anduviera comiendo sus células, pero en este caso en vez de haberle tocado las de los órganos menos importantes, le tocara la computadora central.


Así que en el proceso seré su sostén y su mano, sus piernas, su necesidad de abrazo aunque ya no pueda solicitarlo.


Y se me ocurre que también tendré que sostener a mi padre al que tremendo golpe podrá dañar el corazón, según se mira de frente, en todos sus costados.


Como si una suerte de brújula nos hubiera anticipado movimientos precisos que había que hacer a cuenta de un futuro inminente, hemos hecho justo ahora y no después, esa mudanza de vida que nos contaba que habían llegado a las puertas de la tan temida vejez. 


Ya está aquí, ya llegó y mirando alrededor comprendo, que, pese a todo, somos increíblemente afortunados de haber tenido y gozado la vida que hemos caminado hasta el día de hoy.

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