Fábrica de sueños


Anoche apareciste en mis sueños, llevabas menos ropa...

La fábrica de mis sueños andaba moviendo andamiajes, de aquí para allá, tratando de armar una estructura tan inverosímil y absurda como todo paisaje onírico se merece.


Tan pronto andaba representando la inseguridad que me generan los pantalones del curro de una talla 40 en los que a duras penas puedo meter las manos en los bolsillos, con escaladas sobre suelos resbaladizos e inestables que me hacían caer con la angustia histérica agarrada a mis intestinos. Como de pronto me dirigía hacia un lugar desconocido en el que encontraba a un amor platónico madrileño que se debatía entre una joven bella, con el cuerpo típico de los veinte y una alegría descarada, segura y desenfadada del que se sabe o se cree en la cúspide del mundo y una mujer caminando hacia el medio siglo, con su tripita a cuestas, su pantalón de una talla 40 estirando al máximo sus costuras que con mirada cómplice trata de decirle que entiende si elige la cúspide en lugar del terreno en barbecho, que aunque tierra abonada por la experiencia, adolece de la hermosura propia de los primeros ensayos. 


Aún así, el guionista de la fábrica de mis sueños, decidió que y por qué no dotar de algo más que instinto sexual a mi amor platónico y añadirle la inteligencia, que en la vida real, me consta que se gasta, siendo así como entre juventud y madurez, termina ganando la madurez. 


De modo que entre suelos resbaladizos, lugares desconocidos, amores platónicos madrileños y la representación onírica de mis comidas de tarro por mis kilos de más y la aceptación social que mi nueva imagen pueda comportar, me he sentido recordando que, a veces necesitamos soñar para tomar conciencia de nuestras cuitas internas. 


Ya no soy la que era, pero una panchita de más no me va a hacer una mujer de menos. 


La fábrica de mis sueños trató de contarme algo, que en la mudanza de mi propia metamorfosis olvidé pedir una talla de más para la nueva mujer que a cada poco va naciendo.

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