Amistad

Hay algo en las amistades que se forjan en la infancia que deberían estudiar los arquitectos del Japón. Una suerte de cimientos ultra fuertes que ni con el taladro más potente del mundo consigues oradar.
Como si el hilo rojo de una antigua leyenda, nos hubiera entretejido, aunque la distancia y los años nos separen, siempre que nos volvemos a encontrar, los abrazos y besos sinceros nos hacen sentir que, en realidad, no nos veíamos desde ayer y ese ayer es cada uno de todos esos veranos, pascuas y san antonios en los que nos ayudamos, de forma mutua, en ese hábitat propio llamado amistad, a crecer.
Hoy pintamos ya canas y la piel anda dejando paso a nuevas grietas que antaño no estuvieron ahí y en esto de seguir creciendo andamos alimentándonos a poquitos con cada nuevo encuentro, continuando en esa ayuda mutua a disfrutar de ese lugar tan bello llamado amistad.
Tus amigos y amigas fuenteros hemos recopilado un montón de fotos del pleistoceno, allá por dónde los columpios eran de hierro oxidado, el suelo del parque de porlan roto, bebíamos en botijos agua bien fresca que a horas de solano intempestivas nos obligaban a ir a llenar a la fuente.
Tiempos en los que por la calle en medio olía a pan y si abrías una cortina de colores te encontrabas a Joselete detrás de una barra super alta y le devolvías los cascos.
El frontón fue una suerte de Grand Prix, en el que el mérito consistía en no despeñarse entre alguna de sus grietas y dicen que los renacuajos y los gamusinos se extinguieron de tanto ir a pescarlos.
Los primeros picos entre nosotros fueron orquestados por una botella de cristal que giraba azarosa mientras acojonados observábamos a ver dónde leches iba a parar.
Y la Eme se esforzó voluntariosa pero ni uno solo de nosotros adoptamos la costumbre religiosa de volver a cantar en la iglesia.
La infancia y la juventud tejió nuestro particular hilo rojo.
Por muchos años más que sigamos tejiéndolo.
Comentarios
Publicar un comentario