Si te vas

Tienes un esqueleto de origen árabe que emerge cada vez que el fuego arrasa tu vida. 


Siento un gran pesar dentro de mi y al mismo tiempo un triste alivio, como cuando sabes que un familiar está más cerca de la muerte que de la vida y prefieres, aunque duela eterno, que deje de sufrir.


Ese sufrimiento, en el caso de nuestra Sierra, lo teníamos todos y cada uno de los que la amamos, porque veíamos cada año como su masa forestal, absolutamente desaforada, era la carne de cañón que acaba explotando siempre. 


Lo que no sabíamos, aunque cada verano lo viéramos, es cuándo iba a suceder. 

Si pillaría el fuego, como en una ratonera sin salida, a nuestros adolescentes en el río, a nuestros ancianos visitando sus parcelas en el monte o a nuestros amigos de senderismo por aquellos caminos antiguos que nuestros ancestros recorrieron. 


Anoche me sentía cruel y desalmada al verbalizar que mejor que ocurra de una vez, porque esperarlo cada verano, con el alma en un puño, mientras piensas que en cualquier momento puede sesgar las vidas de los hijos de la Sierra, me supera.


Y me fui a dormir con la imagen de 14 pueblos vaciados, con sus farolas encendidas por la costumbre, con los animales salvajes huidos, alejándose kilómetros de las llamas, con el silencio más absoluto y funesto paseando por las calles, preguntándose porque esa noche se siente, literalmente, vagando como alma en pena. 


Me pregunto si los muertos, en su sueño eterno dentro de los cementerios, andan de reunión de urgencia, haciendo círculos de debate, ahora que nadie puede verlos, preguntándose en qué momento se torció todo lo que ellos conocieron para que sus descendientes anden ahora en absoluta y completa desbandada.


Habría tanto que contarles que mejor que sigan debatiendo y no entiendan nada. A veces la ignorancia aleja la pesadumbre.


Y subo ahora río arriba, escucho los susurros que andan pronunciando las raíces, el boca a boca del bosque que bajo tierra anda alertando a todos y cada uno de sus hermanos y hermanas de que a pocos kilómetros de allí sus hermanos están cayendo.


No quiero ni imaginar el desespero o la enorme resignación con la que se preparan para arder, pues conocen de sobra su imposibilidad de huir de lo inevitable.


No es fábula, no es imaginación, no es poesía. Los bosques se comunican por las raíces como si fueran un ente único, como si tus intestinos, a través de ingentes hormonas arrojadas al torrente sanguíneo viajarán al cerebro para informar de que algo muy chungo está pasando.


El agua del río observa con ojos vidriosos a esos hermanos que le regalaron siempre su bello reflejo verde. Sabe, impotente, que tampoco puede ayudar a evitar el desastre y trata de seguir cantando su canción eterna mientras se desliza por las rocas para que al menos, en la agonía final y pese al sonido monstruoso del propio incendio, al fondo, como una nana, siga impasible la naturaleza desafiando a la nada.


Me despido de ti Fuentes, solo por un momento, te quitarán el abrigo, intentarán asfixiarte de calor hasta decir basta, pero como ya hiciste hace 32 años, volverás a brotar y a florecer y el agua, cabezota irreductible, seguirá cantándote eternamente su ancestral y bella nana.

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