Un dibujo animado con mariposas, estrellitas o corazones revoloteando


Percibí que las horas volaban, cual mariposas blancas revoloteando a mi alrededor, a medio camino entre las estrellitas que giran en los dibujos animados cuando entre risas observamos una cara con la lengua fuera y los ojos en blanco o mirando en posiciones imposibles y esos corazoncitos también voladores que revolotean sobre las cabezas de rostros arrebolados, con sonrisa tontuna y ojos inundados por la emoción.


Así me sentí yo en aquella silla metálica, abrazada por una temperatura abrasadora en un relieve que a no se quien le dio por describir como mesa central, o algo así.


Y las agujas del reloj se volvieron absolutamente locas. Tan pronto dejó de existir el espacio-tiempo, como dejé de percibir el hambre o la sed, ni si existía vida más allá de los contornos de nuestra mesa metálica y los cuerpos que habitábamos en aquel preciso momento.


No era amor romántico al uso, no de ese que se muere por empotrarse físicamente para percibir cada poro del cuerpo del otro. No habían latidos de más con el ansia del miedo a cagarla anudado al de un megustasmegustasmegustas.


Era el escenario que se da en poquísimas ocasiones. Ese escenario en el que la conversación, la expresión del otro, las pausas, los silencios, las risas, nos descubren la otredad como una prolongación de nosotros mismos, entendida la prolongación no como el culmen del egocentrismo más rancio, si no como ese lugar en el que habitamos pudiendo ser absolutamente uno mismo, sin miedo, vergüenza o dudas acerca de tus intereses, tus defectos o tus formas de ser o estar.


Y pasó como un suspiro, rápido, intenso, agradable. Como ese beso suave de una madre que se posa con la sinceridad y la verdad que pocos afectos suelen transmitirnos.


Y de vuelta a mi rutina me pregunto, cuándo podrá volver aquella mesa metálica y la pérdida maravillosa de la percepción de ese espacio-tiempo tan, en realidad, inexistente.


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