Mis cincuenta

50 finales de verano en mi haber. Medio siglo, media vida, medio camino recorrido, si es que el azar me otorga ese hipotético medio recorrido por realizar.
Cincuenta años de aprendizaje, de errores, aciertos, comienzos, desestimientos, vivencias sufridas y disfrutadas en porcentajes necesarios en esto del vivir.
Decidí celebrarlo sin grandes algarabías, ni multitudes, ni demasiado estrés mental para mi.
Decidí celebrarlo junto a mis imprescindibles en la vida, a saber, mi madre, mi padre, mis hijos y mi pareja.
Un viaje corto de fin de semana con visita a dos cascos viejos de ciudades catalanas y por las tardes, teatros para ver un día cortometrajes de esos que te llevan a meditar y otro día una obra de teatro de un grande en su oficio, que con casi 89 años te recuerda porqué hace la nada desestimable cifra de 2600 años que existe en la humanidad esta disciplina artística tan maravillosa.
Soplar las velas sobre un bocata de hamburguesa sin hamburguesa fue el colofón más bello para un día tan memorable para mi. Rodeada de las risas de los que me quieren sin peros, ni dudas y con la certeza de que esos si, son los momentos más maravillosos de la vida.
Descubrí que los años me regalaban el mejor de los regalos, saber qué es realmente importante y qué forma en realidad parte del atrezo de cualquier obra, es decir, objetos móviles que irán y vendrán pero nunca serán lo relevante de nuestra historia.
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