Viajes asumibles

Supongo que la cercanía de la muerte te lleva a relativizar la debacle que puedes intuir frente a tus ojos.
Ya no por puro egoísmo, me voy, que os jodan a todos, si no por una especie de conclusión en la que destacan que no vale nadita la pena cabrearse. Como si la inercia del mundo fuera infinitamente más poderosa que nuestros insignificantes cabreos que solo alcanzan a los contornos de nuestra propia silueta.
Ayer mi madre tuvo un malísimo día, de estos duros que te llevan a preguntarte cuestiones que la humanidad lleva una eternidad preguntándose.
Por la mañana fue a ver a su prima hermana, que llevaba unas horas resbalando por la pendiente del no retorno, con la sedación de la que sabes, ya no vas a despertar. La miraba y no reconocía su rostro, que incluso, había adoptado un parecido sorprendente al de su difunto tío (padre de la moribunda) al que nunca se pareció.
También por la mañana fue a ver a su cuñado, un hermano para ella, que en la cama de una habitación de paliativos oncológicos, conversa sin ganas, ni fuerzas, recordando que una vez fue un chicarrón del norte y hoy sus huesos se cubren apenas con un velo de piel.
Y por la tarde necesitó salir a la calle, caminar, ver luces de navidad, mercadillo artesanal y café con leche descafeinado para despejar a su mente de la imagen de dos seres queridos en el umbral de la muerte.
Y meditaba en voz alta que pensaba que todas las personas deberían irse con una edad similar a la de la yaya, 91 años, porque a esa edad asumes que todo el camino fue recorrido y que arrizar o plegar las velas ya es un ejercicio asumible por todos.
Al escucharla sentí miedo, miedo a que no asumiera que, desgraciadamente, la muerte es absolutamente impredecible y no tiene ni fecha, ni hora en el calendario. Y que mientras unos se van nonagenarios, otros muchos se van en edades tempranas, en edades imposibles de asumir y que todas, absolutamente todas, son muertes que han existido y existirán mientras persista este ser humano.
Que el quid de la cuestión no es cuánto, si no cómo. Que todos querríamos mucha, pero si es poca pero buena, siempre habrá valido mucho la pena marchar antes de lo asumible.
Y con esas reflexiones amanezco hoy. Un martes húmedo de diciembre, con todos los cristales y carrocería de los coches empañados, como si acabaran de pasar un ejército de nanoesponjas humedeciendo cada milimétro de esta costa mediterránea que no tiene capacidad de absorción.
El sol presumiendo en la mañana, pasará un paño suave por todas las superficies, también por nuestros rostros, que ateridos por el frío, sonreiremos al sabernos, un día mas, cuidados.
Comentarios
Publicar un comentario