Compartir sonrisas y vivirlo como un suplicio
Sin duda la confianza ciega en el querer de la persona que nos acompaña desde hace años nos lleva a saltar, esquivar, cerrar los ojos, tapar los oídos a la atención que requiere el otro. Damos por hecho que siempre va a estar ahí, que no requiere nuestra plena atención, nuestro feedback, nuestro interés, nuestro reconocimiento. Es así como poco a poco, el otro va descubriendo que da igual lo que le mande, da igual lo que quiera compartir con él, lo va a ignorar. Así que un buen día descubre que, dotado por el interés que da el motor del enamoramiento, del cortejo, de la atracción sexual, otro u otra se interesa por tus cosas, te presta atención, te muestra feedback, te reconoce. Y montones de rupturas se van apilando sobre las muestras de desinterés, de vacío, desprecio o invisibilidad. Ayer le envié un vídeo de un minuto en el que tres violinistas y una violonchelista, tocaban, como lo harían los ángeles en el caso de existir, la melodía de la intro de Acontece que no es poco, de Niev...