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Convertirme en antorcha humana

Es inevitable sentirse extraña, como contrariada, confusa, extraterrestre sobre esta superficie que yace bajo mis pies. Intento ser fuerte, positiva, animosa, luchadora, insistente, persistente, corredora de fondo, budista, hinduísta y todos los gongs que quepan en mi cabeza para mantener la calma chicha y acallar a todas las voces que como perros rabiosos y contagiados de ira vienen a morderme las vueltas, valles y pliegues de mi cenizo cerebro. Si el mundo supiera de mis fuegos internos, descargarían sobre mi todos los extintores que hubiesen sobre la faz de la tierra, con el temor inminente de que pudiera convertirme en antorcha humana y quemar a todo aquel inocente que anduviera cerca de mi. He falsificado mi diploma de funambulista y como la temeraria impulsiva que siempre fui, me he lanzado a visualizar mis pies, superponiéndose uno delante del otro sobre la fina cuerda tensada. Y abajo el precipicio hijo puta me llama, se descojona, a ratos me habla en voz bajita para que me car...

Seré sabia o gilipollas

Me cuesta creer que esté dormido a escasos metros de mi y me cuesta hacerme a la idea de que tarde o temprano tendré que decirle adiós. Dicen que el amor lo supera todo, pero antes de afirmar semejante rotundidad también se debería matizar que a veces, también por amor, se puede decir hasta siempre y comenzar un duelo largo y frío. Me pregunto una y otra vez en completo silencio y hablando entre neuronas, si sería capaz de esperar en estas mismas condiciones de estos dos años, unos seis años más y sé que tarde o temprano el hastío, la apatía, la rabia, la rebeldía, la angustia y el tremendo cansancio de todas esas anteriores palabras alojadas en mi estómago, me dicen que no, que no voy a ser capaz. Y me rompo por dentro antes de que haya ocurrido, a pocos metros de la cabecera de su cama que escucha rítmica y sosegada su respiración. Miro sus brazos, rodeando a su niña y su amor hacia ella y comprendo que es inviable nuestro amor piel con piel, que otros brazos de mujer tendrán que abr...

Seguimos en construcción

Es como si me hubiera escapado de un sueño, de una fábula y yo hubiera sido un ser inacabado hasta hace dos días. Es como si hubiera vivido en penumbra cuarenta años de mi vida y al atreverme a saltar el precipicio, con la suerte de llegar al otro lado sin despeñarme, hubiera encendido la luz de la habitación donde andó en semiconsciencia mi masa gris. Me he mantenido literalmente niña hasta exactamente mis cuarenta y un año y veintitrés días, momento en que me propulsé hacia delante y con los ojos bien abiertos empecé a sentir mis propios pies, mis propias manos, brazos y piernas como si acabara de despertarme de un coma de toda una vida. En ese despertar tardío he comenzado a ver por primera vez a mi madre tal como es, a mi hermano, a mi padre y a mí misma desmontando las mentiras que de todos nosotros me conté. Descaricaturizando a cada uno de nosotros a los que sin vislumbrar el momento exacto comencé a dotar de rasgos que no existían. Empezando por mí lancé al vacío mis harapos de...

Mi área de Broca enmudece

Tengo una enfermedad en el ventrículo izquierdo que repercute en mi área de Broca, la enmudece, la sella, precinta y diseca. Y ese control del habla, que esa Broca tiene por función, me vuelve de pronto sordomuda y no me apetece hablar, ni escuchar. La conversación humana se está perdiendo, anulando, alejando de nuestras retinas y en la era de las pantallas táctiles, demasiado brillantes, blancas y asépticas nos hemos empobrecido hasta ser una mota más de polvo sobre esas pantallas. No hay miradas, no existe la posibilidad de percibir en nuestro propio pecho las emociones del otro al hablar con él, desaparece la empatía y yo me estoy volviendo loca y la apatía se desborda por cada uno de mis dedos cada vez que tengo que teclear un pseudo lenguaje a través de una pantalla. Estoy empezando a odiar a ese rectángulo negro con su reclamo de musiquitas cual máquinas tragaperras. Quisiera volver a reencontrar mi soledad absoluta, sin falsas compañías telemáticas. Hallar de nuevo en la riqueza...

No tengo ganas

No tengo ganas ni de ver su rostro así que en un simple gesto de mi dedo sustituyo una foto por otra y dejo de tenerlo semi presente allá donde quiera que vaya. No tengo ganas de pensar en positivo, se me agotó la inventiva y a ese mantra de al mal tiempo buena cara le pueden dar por el culo también y si me apetece tener mala cara pues mala cara que planto y a tomar viento y aquí paz y allí gloria. No tengo ganas de tener paciencia, se me rebotó la paciencia, me sacó el dedo de la palabrota, se vistió de punki y esta vez me mandó a tomar por culo a mi, de forma y manera que las buenas palabras, las tranquilas palabras, las correctas y pacientes palabras aderezadas con burdos consejos, que no quiero ni pa mi, se han largao a conocer mundo y andan con piercings en la lengua, en los labios, en las cejas, en la oreja y allá donde le haya salido del potorro ponérselo. No tengo ganas de ver unas vacaciones de puta madre a la vuelta de la esquina, porque ya no me trago el cuento, porque e...

De vez en cuando la vida toma conmigo café

De vez en cuando la vida toma conmigo café y está tan bonita que da gusto verla... La otra noche soñé contigo yaya, de pronto iba a tu casa, a sabiendas de que ya no estabas, porque necesitaba como el aire que respiraba poder acercarme a ti a través de tus cosas inertes, muebles, cuadros, sillones, televisor, cama y al llegar al umbral de tu puerta, justo cuando iba a abrirla yo, me abriste tú la puerta y durante unos segundos me embargó una inmensa alegría y una profunda confusión porque en el fondo yo sabía que ya no estabas, que no existías y me tambaleaba entre el miedo a abrazar a tu fantasma y la necesidad enorme de hacerlo. Al final pudo más mi amor por ti y mis infinitas ganas de abrazarte que el miedo y entré en casa contigo y me dijiste que te habías quedado allí a vivir, que no podrías salir nunca al mundo exterior pero que dentro de aquella casa estarías siempre. Y allí estuve contigo yaya, como en los viejos tiempos, escuchando tus risas, mirando tu caminar, tus idas y ven...

Tengo una asesina metida entre pecho y espalda

Tengo una asesina metida entre pecho y espalda.  Cargada con un kalashnikov apunta y dispara a discreción contra todas sus palabras, por interesantes que sean, pues a sus oídos resultan repetitivas y crispantes. Es la puta distancia que enajena mi mente, la psicopatiza, la desquicia, la viste de apatía de los pies a la cabeza y le marca como colofón un magnífico cinturón cargado de explosivos para auto inmolarse. Que nuestro cerebro humano no está configurado para el amor a distancia, que las drogas endógenas te pegan un colocón de aquí hasta Lima, adornan la fiesta del amor con farolillos, bombones, olor a rosas y a jazmín, desatan tus manos en la distancia y nos regalan migajas del placer que deberíamos estar viviendo, pero es todo un enorme escenario de cartón piedra, que se ha montado tu cabeza, para sobrellevar esa enorme y basta línea imaginaria que atraviesa puertos de montaña, valles, llanuras y cauces de ríos insondables y encima el puto decorado tiene fecha de caducidad, ...